sábado, 5 de marzo de 2016


8 de Marzo: Día Internacional de la Mujer Trabajadora



"El grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general" Fourier.

El papel preponderante de los hombres en la economía, la sociedad y la familia, debido al desarrollo de la ganadería, la agricultura de regadío y los oficios de elaboración de metales, que ocurrió en las etapas de surgimiento de las clases y del Estado, marcó, junto a la lucha de clases, las relaciones de dominación y explotación que han prevalecido y determinado la historia de la humanidad hasta nuestros días. La opresión de la mujer está estrechamente relacionada con la opresión de clase. De tal forma que la subordinación de la mujer es fruto de las relaciones sociales y sirve a los intereses de la clase dominante.

Nuestra cultura es androcéntrica, de modo que relaciona primariamente con el varón todo lo que es propio del común de la especie, del mismo modo que dota de excelencia a lo que sea peculiar por viril. Incluso, las escasas mujeres que han logrado algún tipo de poder han intentado imitar ese modelo. La jerarquía ilegítima, pues, más ancestral de todas, se ha mantenido a través de los siglos. Por todo ello, los abusos en función del sexo han sido una constante en nuestra historia.

La libertad y la igualdad les han sido negadas repetidamente a las mujeres. El erróneo principio que ha guiado las relaciones entre hombres y mujeres tiene que ser sustituido por el de igualdad, que consiste en el no reconocimiento de ningún poder o privilegio a los hombres y de ninguna discapacidad a las mujeres.



El hombre no puede tolerar la idea de vivir con un igual. Un ejemplo de ello lo vemos en el seno de la familia. En la cual no todo es ternura y amor. En realidad, impera la ley de quien se considera a sí mismo el más fuerte.

El liberalismo, el individualismo y el capitalismo constituyen los cimientos del sistema patriarcal. Tras dos siglos de reivindicación femenina, el sistema no acaba de desaparecer. La división sexual del trabajo (consagrada por el sistema patriarcal y bendecido por el liberalismo) condena a la mujer a la explotación, acentuada, aún más, por la lucha de clases. A la mujer se la obliga a realizar las tareas de la vida doméstica y a cuidar a los hijos y a las personas dependientes, trabajos no reconocidos, pero imprescindibles para la sociedad. Las mujeres se convierten, de esta forma, en una fuente de trabajo no remunerado doméstico, lo cual permite a los capitalistas de todo el mundo obtener grandes beneficios. Y, al mismo tiempo, se las mantiene alejadas de los centros de poder y de control social. Así, a lo largo de la historia, las mujeres han sido convertidas en esclavas domésticas, lo cual ha permitido a los hombres dedicarse a controlar la economía, la política y el poder militar.

En el mercado laboral la mujer sufre la segregación horizontal y vertical: la temporalidad y la precariedad afectan más a las mujeres que a los hombres (las mujeres firman el 80% de los contratos a tiempo parcial, con horarios eternos, dislocados e irracionales, que impiden cualquier tipo de conciliación), la discriminación salarial (la brecha salarial entre mujeres y hombres se sitúa en el 19,8 %; la mujer gana, a igual trabajo, un 17% menos que los hombres, a pesar de estar mejor preparada), la discriminación en materia de promoción social, la marginación por maternidad y la alta tasa de paro femenina, la cual casi duplica a la masculina. Amplios colectivos de trabajadoras ni siquiera son iguales ante la ley. El mercado laboral es cada vez más hostil para las mujeres. Las mujeres trabajadoras son explotadas a un nivel más alto que los hombres. Todo ello conduce a que la pobreza tenga nombre de mujer.

La violencia machista hacia las mujeres es una lacra y una vergüenza para nuestra sociedad (más de 830 mujeres han sido asesinadas en España en los últimos trece años). Hay poco interés por acabar con esa humillación. Se aprobó la Ley Integral contra la Violencia de Género, pero carece de medios económicos y humanos para hacerla efectiva, ni hay interés sincero en aplicarla. La llamada Constitución Europea ni siquiera nombra en sus más de trescientas páginas un problema, tan grave en la UE, como es el de la violencia de género, un auténtico terrorismo. También, basta con ver la mercantilización de la violencia sexual que se hace en la televisión o en el cine para ver hasta donde llega el cinismo de nuestra sociedad. El 40% de los jóvenes no admiten el rechazo de las mujeres a sus requerimientos sexuales y un 40% de las chicas ceden sin resistencia a las violencias masculinas en este sentido. Además, hay que tener siempre muy presente que la mujer ha sido y es víctima y botín de guerra.

Las mujeres, tras duras luchas, han logrado el derecho al voto y a la participación ciudadana, pero siguen subrepresentadas en todos los parlamentos del mundo y en todos los puestos de decisión (la escasez de mujeres en altos cargos es un problema que afecta a la mayoría de países del mundo. Solo el 12% de los puestos de responsabilidad de las empresas de la Unión Europea son ocupados por mujeres. El 85% de los miembros no ejecutivos son hombres y un 91,1% de los presidentes de empresas europeas son hombres, mientras que las mujeres constituyen el 15% y el 8,9%, respectivamente). Las nuevas “teorías progresistas” que defienden ideas como la paridad, son esencialmente machistas e injustas. No hay que ser paternalistas, sino que hay que dejar de hablar de hombres y mujeres para comenzar a hablar de personas, siendo las más capacitadas las que opten a ocupar el lugar que realmente merezcan.

La mujer es expuesta, por el capitalismo, para su venta como objeto erótico, utilizada con fines pornográficos, con la permisividad de una sociedad inmoral. La mujer como mercancía, exhibida en revistas, internet, cine y en televisión. La belleza se convierte, así, en el único criterio para juzgar y valorar a una mujer. Una chica hoy asume, de forma inconsciente, que todo depende de su belleza, que el futuro se resuelve mejor con un buen físico que con una carrera universitaria, que se gana más, en definitiva, vendiendo el cuerpo que trabajando. Es repugnante la alienación y la denigración que el sistema imperante hace de la mujer. Es intolerable como se pretende ocultar la verdadera esencia del género femenino: heroicidad, abnegación, energía, creatividad, talento, sensibilidad… El paradigma dominante es, sin lugar a dudas, una dictadura de la incultura y de la degradación.

Una sociedad que tiende a generar personas explotadoras y egoístas es inadmisible. Un sistema que genera miseria, desigualdad y dolor debe sucumbir. Hay que acabar, pues, con todo orden explotador. Para que la igualdad legal que figura en los textos se convierta en igualdad real se requiere urgentemente un cambio de paradigma. Marx y Engels ya vieron que el ingreso de la mujer a la fuerza de trabajo remunerada era un primer paso para la liberación femenina, pero no suficiente, ya que no la liberaba de la opresión de clase. “Sólo en el proceso de la transformación socialista de la sociedad en su conjunto, se podrá alcanzar una auténtica igualdad entre ambos sexos”. No hay otro camino.